Ruta Del Agua

6/03/2018

   Estamos pasando unas largas jornadas de nieve y lluvia que no nos permitían disfrutar como deseábamos de la moto. Sorprendentemente había amanecido una jornada soleada y con buena temperatura. Rápidamente pensé en subir a mi montura y empezar a recorrer carreteras en busca de las grandes imágenes que el agua nos ofrece. No pude localizar a Pablo, mi compañero de fatigas y sin más dilaciones llené el depósito de mi burra y tocaba cabalgar. Tomé la nacional dirección Cáceres hasta el cruce de Casas del Monte. El tiempo era espléndido y la carretera inmejorable.

   Comencé la subida por Casas del Monte en dirección Segura de Toro y Gargantilla. La carretera ahora estaba húmeda, sin lugar a dudas se notaban las largas jornadas de agua por las que estábamos pasando, tocaba extremar las precauciones. Sin embargo la cantidad de agua caída era oro para esos campos que tanto la necesitaban, parece que el cielo va devolviendo al paisaje ese agua que tanto le debía. 

   La carretera en salida de Gargantilla a Hervás estaba deficiente, con baches y firme irregular, hay que adaptarse a todos los terrenos. La jornada estaba siendo maravillosa, con las cumbres nevadas vigilándome desde lontananza, parece que la nieve se resiste a irse, el deshielo tendrá que esperar.

   Con esta humedad los campos están esperando locamente los primeros rayos de sol de la primavera para empezar a verdear. El paseo en moto estaba siendo genial, faltaba compañía con la que poder disfrutar estos paisajes y sensaciones, pero en algunas ocasiones toca rodar solo y meditar sobre el camino.

   Pasé Hervás y emprendí carretera hacia La Garganta. Esta carretera, aunque muchas veces he transitado, tiene un encanto especial. El firme bueno y su trazado sinuoso te hacen disfrutar de grandes paisajes y una buena conducción de la moto. 

   Casi sin darme cuenta me presenté en el cruce de La Garganta, en el que inicialmente tenía pensado empezar la bajada hacia Puerto, pero pensé en cambiar los planes y dirigirme hacia Candelario, para ver cómo estaba el pantano de agua. La carretera seguía húmeda. Las fuentes rebosantes de felicidad. Cada pared y cada hueco dejaba escapar ese abundante agua. En las cercanías del pantano incluso se conservaban en las cunetas restos de nieve e hielo. El pantano había recogido bastante agua, aunque todavía le quedaba para recuperar su lozanía.

   El cielo todavía le tenía que regalar un poquito más de líquido elemento, muchos pueblos se abastecían de él. 

   En este tramo de carretera desde el pantano hasta Candelario el firme estaba muy peligroso. Las abundantes lluvias torrenciales habían arrastrado agua con barro y ramas, que en algunos tramos cubrían la carretera y hacían deslizar suavemente a mi Pionona. Ahora tocaba afilar las orejas y los sentidos para mantenerse verticales y evitar sustos innecesarios.

   En Candelario, después de informar a Teresa de mi situación, emprendí la bajada hacia Béjar y de ahí a Puerto de Béjar. Sobre las 14 horas estaba entrando en mi amado pueblo, con una sonrisa en la cara y regocijo en mi corazón.

   Había sido una ruta cortita, de unos 80 km, pero con un encanto especial ya que la última vez que pasé por estas carreteras el campo gritaba desolado por la sed que le acuciaba. Contemplar este paisaje estaba siendo más grato que en mi última visita. 

 

¡¡¡UNA MÁS Y UNA MENOS!!!